Desde la ciudad de Mendoza, una excursión poco conocida a la Ciudad Fantasmal de Paramillo cuyos desolados paisajes cobran una particular belleza, especialmente en invierno. Allí perduran los restos de unas minas de oro, plata y otros minerales, que fueron explotadas desde fines del siglo XVIII por los jesuitas.

La visita a la Ciudad Fantasmal de Paramillo es una de esas excursiones que muchos viajeros dejan de lado por los destinos más tradicionales de Mendoza, perdiéndose de conocer un extraño paraje que, particularmente en invierno, adquiere una bucólica belleza rodeada de una blanca desolación. La excursión parte a las 7 de la mañana desde la capital mendocina hacia el norte, a través de plantaciones de vides, olivos y árboles frutales que flanquean la ruta provincial 52. En unos pocos kilómetros se llega al monumento de piedra que conmemora la fecha y el lugar donde el Ejército de los Andes se dividió en las dos columnas que marcharon con rumbos distintos: una a Uspallata y otra hacia Los Patos, en la provincia de San Juan. Desde allí, una larga recta va directo hacia la zona precordillerana para convertirse luego en un sinuoso camino de cornisa que –según los amantes de la exactitud– tendría 365 curvas. Más adelante, al comienzo del Camino de Caracoles, está el emblemático Gran Hotel Villavicencio, el mismo de las etiquetas del agua mineral. Ubicado al fondo de una gran quebrada, la fachada del hotel refleja el esplendor de las décadas del cuarenta y el cincuenta, cuando las clases acomodadas del país se daban cita en este lugar para disfrutar de las termas. El frente del edificio de estilo normando, con cuatro pisos y techos rojos a dos aguas, ha sido restaurado, aunque en su interior se encuentra abandonado. Lo más interesante es recorrer sus jardines y parques llenos de alamedas y hermosos arrayanes y retamos. Y antes de seguir viaje se recomienda reponer energías en el nuevo parador donde se sirven unos suculentos sándwiches con pan casero, manteca y jamón crudo.
La siguiente parada es en una escarpada saliente en la montaña conocida como El Balcón, en la cima de un vertiginoso precipicio. Pero seguimos subiendo todavía más, y a los 3030 metros –en la parte más alta de la precordillera— llegamos a un pequeño monumento llamado La Cruz de Paramillo –donde está la virgen de los camioneros– que parece marcar la entrada a un inhóspito y desolado mundo donde ya casi no hay más vegetación ni ninguna otra cosa, salvo nieve. Desde el monumento se ve la ladera oriental del Aconcagua, numerosos picos y los restos de un bosque petrificado de araucaria que descubrió Charles Darwin. A partir de aquí se desciende al valle de Uspallata y después de atravesar la villa, comienza el desvío hacia Paramillo, la Ciudad Fantasmal, a través de otro sinuoso camino de tierra. La extraña aridez de la zona cobra vida con el fulgor de la nieve acumulada en pequeños túmulos y en el colorido de las montañas que abarca matices de rojo, marrón, amarillo y blanco. La precordillera, sin nieve, se ve marrón, mientras que detrás de ella –y mucho más alto-el Cordón del Plata está completamente nevado.
Aunque para seguir avanzando se pusieron cadenas en las ruedas de la combi, es tal la cantidad de nieve en el camino que poco antes de llegar a la Ciudad Fantasmal debemos dejar el vehículo y caminar hasta los recintos de piedra y algunas paredes que aún perduran de las construcciones jesuíticas.
La Compañía de Jesús utilizó a los indios Huarpes para trabajar en las minas en durísimas condiciones –aunque sin esclavizarlos–, hasta que en 1776 fue expulsada de América por orden de la Corona, ya que habían logrado una independencia económica que perjudicaba los intereses de la realeza. En las minas se extraían oro, plata, cobre, y más tarde talco.
Se dice que al retirarse los misioneros quedaron encerrados en las minas unos 80 indios que habrían muerto por asfixia. De allí surge el mito de que por las noches se oyen en los túneles los quejidos de las almas de los muertos. El guía nos lleva a recorrer el interior de estos túneles que se explotaron hasta 1982. En 1816, las minas fueron cedidas al Ejército Libertador pero mucho tiempo después pasaron a manosde capitales ingleses hasta que durante la guerra de Malvinas debieron retirarse del país.

En lo profundo. Con el casco en la cabeza, ya estamos listos para ingresar en las profundidades de la mina El Sauce, una de las tantas que se pueden visitar. Con la columna encorvada, nos internamos en una suerte de Viaje al Centro de la Tierra, al mejor estilo Julio Verne. Ante nuestros ojos se abre un submundo de túneles y pasadizos de hasta 800 metros de largo, que suben y bajan interconectándose como un gran hormiguero decorado con viejas herramientas abandonadas. Cuando apagamos la linterna un silencio espectral nos rodea en medio de la oscuridad más perfecta que se pueda imaginar. En 1892 se extraían de este lugar 170 toneladas diarias de minerales, y en los campamentos había más de 80 familias que trabajaban de sol a sol, en la más absoluta oscuridad. Al salir de la mina retomamos el camino con la combi hacia los restos abandonados de las construcciones. Se cree que una de ellas data de los tiempos de los jesuitas, por el tipo de arquitectura con grandes rocas. A un costado de las ruinas llama la atención una modesta cruz rodeada de zapatillas, flores, velas, patentes y rosarios. Se trata del lugar donde habría caído muerto de dos balazos el gaucho Cubillos el 25 de octubre de 1895. Esta suerte de Robin Hood mendocino fue famoso en su tiempo por sus aventuras, y por eso los habitantes de Uspallata lo veneran todos los años acercándose al lugar para brindar con sus hijos. Junto con la ofrenda llevan dos vasos de aguafuerte; uno es para el padre de la familia y el otro para el gaucho Cubillos.

El cerro de los Huarpes. La próxima parada –ya en el camino de regreso– es en el Cerro Tunduqueral, que fuera un centro ceremonial de la cultura Huarpe. Justo enfrente está el puesto Bella Vista, un quincho vidriado sobre un cerro en medio de la nada, donde se come chivito asado en un contexto solitario e imponente como habrá pocos en el resto del país. La tierna carne del chivito, blanca y con una fina capa de grasa que parece manteca, prácticamente se nos deshace en la boca por su suavidad.
En el camino de regreso vamos entre abruptas paredes montañosas de color rojizo que parecen cortadas de un certero hachazo, como si se les hubiese quitado una tajada. En el mirador de Guido, a 1500 metros de altura, nos detenemos a observar el paisaje y una estación de tren de trocha angosta abandonada hace décadas. Al cruzar un túnel excavado en la roca, Omar –el chofer de la excursión–, empieza a los gritos: ¡Mirá!, ¡Mirá! Emocionado, se baja de la combi y señala una manada de 60 guanacos que descienden por la ladera de la montaña. El espectáculo es increíble, y en lo mejor de la función el líder de la manada lanza su grito ordenando una lenta retirada. En el escenario sólo queda el decorado de la naturaleza: cerros coloreados en tonos verdosos por el cobre oxidado, amarillos por el azufre, azules por el cobre con la plata y rojos por el cobre con hierro.

 

Fuente: Página 12, Por Julián Varsavsky

¿Qué te pareció la publicación?